Post scriptum del 2 de enero 2011: He leído por diversos lugares que de nuevo ha habido una reunión entre representantes de Internet (sic!) (siguen algunos cometiendo el error de dejarse utilizar -en nombre de otros- para un crispante pavoneo de sus egos) o internautas con A. de la Iglesia. La pregunta que me hago es si nadie representa a los usuarios de Internet ni De la Iglesia al gobierno ¿para qué se reúnen? que no sea decirse obviedades, quedar bien en alguna foto, presumir de reuniones o ser francamente utilizados... ¿qué me estoy perdiendo?
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Esta noche estoy invitado a Hora 25 en la SER para hablar sobre ciberactivismo. Supongo que el interés estriba en el fracaso de la Ley Sinde de la pasada semana en el Congreso y la reacción visceral de algunos "creadores" que no parecen ser capaces de matices argumentativos ni, desde luego, la menor autocrítica.
No sé si serán conscientes de que criminalizar a los usuarios de Internet como piratas es una generalización tan injusta como la de afirmar que sus creaciones son subvencionadas y altamente mediocres. No sé si son conscientes de que defender la Ley Sinde crea los mismos mecanismos arbitrarios que, en resumidas cuentas, permitió aquella Ley Corcuera de patada en la puerta sin autorización judicial -por sospecha y luego ya vemeremos si eres culpable o no. Estoy casi seguro de que muchos de los creadores -por cierto yo soy creador y no la puedo defender- que claman a favor de la Ley Sinde -promovida por los EEUU como ha demostrado Wikileaks- estuvieron en contra de la Ley Corcuera.
La clave reside en algo bien simple que la decisión de clausurar un site ya no estará en manos de la justicia sino de la administración, y que con el argumento de que no se utilizará se acabará por utilizar indebidamente porque ese organismo, una vez constituido, tendrá que justificar su existencia. Como me decía en twitter @desdelamoncloa "este gobierno no cerrará ningún site por sus contenidos" y lo que le contesté fue que a mí no me importa ese argumento sino que lo que me preocupa es que quiere poder hacerlo sáltandose la justicia.
Los abusos de la SGAE, los abusos del canon digital indiscriminado, la criminalización de la actividad de las personas online como piratas no tiene nada que ver con la defensa de las creaciones intelectuales y culturales, son un mero sistema recaduatorio abusivo, indiscriminado e injusto. Por cierto, que muchos de esos artistas que criminalizan sin discriminar podrían tener a bien explicar el porqué tienen sus residencias fiscales fuera de España.
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Sin duda, no es necesaria mi aportación al debate alrededor de el #manifiesto pero tampoco son muchos K,s más que los post de "los representantes de Internet" o los de toda la prensa que opina de oídas; así que, modestamente, intento dar mi punto de vista con el argumento de ser usuario activo de Internet desde 1995.
En mi armario tengo un abrigo de Versace que perteneció a Eric Clapton (lo juro). Ese, abrigo lo cogió Nuria en 1989 junto con un par de camisas, de una pila gigantesca de ropa que Eric Clapton desechaba cada tres meses. Ella estaba allí porque conocía a la familia del entonces representante de Eric Clapton, sino me equivoco de memoria Robert Forrester, cuyo hijo pasaba por la casa de Clapton en Surrey cada tres meses respondiendo a la llamada del cantante. Por lo que me cuenta Nuria, cada vez que Clapton necesitaba cortarse el pelo llamaba a su peluquero, tomaba el Concord y se iba a New York al encuentro de él.
Por esa época yo había acumulado ya unos tres centenares de LP,s ahorrando denodadamente de mi escasa paga familiar, mis anémicas becas y mis pseudotrabajos como camarero, encuestador, etc... Aún los guardo aunque hace unos quince años que no tengo plato de tocadiscos. En el 87 vi y use los primeros CD,s que portaban la promesa de que nunca se rallaban y duraban para toda la vida. Por aquel entonces mi discoteca tenía casi tanto sentido como mi biblioteca. Un LP p CD adquirido suponía una inversión, algo que quería acumular y disfrutar a lo largo del tiempo. Todos comprabamos LP,s convencidos de que la obra en su conjunto merecía la pena tenerla en posesión.
Hoy tengo una suscripción a Spotify por la que pago una cantidad razonable a cambio de no tener que escuchar la publicidad, aunque durante bastante tiempo me pareció justo escucharla a cambio de tener el servicio de Spotify. Hoy escucho buena parte de la música que tengo en esos LP,s y CD,s que tanto dinero me costaron y cuya música, sin duda, forma parte de mi biografía emocional y vital. Hoy en día la unidad de venta ya no son aquellos LP,s o el CD sino la canción, aunque sigue habiendo un CD con una canción y 9 o 10 de relleno pero los precios, a pesar de cambiar la unida de venta, siguen subiendo.
Spotify me recuerda a esa anécdota que pongo a mis alumnos de Marketing para que entiendan lo que es un modelo de negocio. Dos empresas que en la época previa a la electricidad fabricaba hielo; una entendia que su negocio era fabricar hielo y la otra que su negocio era el frío. Cuando llegó la electricidad una siguió fabricando hielo y la otra comenzó a fabricar refrigeradores. Una cerró con el tiempo, la otra siguió adelante. Kodak estaba en los años 90 empeñada en desarrollar la mejor película fotográfica del mundo cuando el mundo decidió que no necesitaba más película.
Spotify ha demostrado (es de esperar que muchos lo entiendan) que los usuarios de Internet no somos descargadores naturales de música, sino que queremos -como cualquier ciudadano- productos y servicios de valor a un precio razonable y con una fácil disponibilidad (a ver si se dan por aludidas las cinematográficas). Un precio, sin duda, que supone un profundo cambio de modelo de negocio; un precio que lamentablemente no hará viable -por sentido común y cierta justicia social- que todo el mundo tenga que financiar visitas a ciertos peluqueros en New York; por cierto, el Concord ya dejó de existir hace años.



